Maldita agua negra que no me permite descansar en paz, que en paz descanses. Nuevamente debo blandir otro fracaso de mi plan de exterminio individual. Así fue que turbado y sin paz, esta noche avance por la más borrascosa de las sendas andadas hasta ahora y lloré interminablemente miles de penas desde el fondo profundo de mi pecho dolorido que ardía aquellos puntazos perfectos, certeros, harteros, saturado de malos recuerdos y que soporté engrillado en cadenas de lujuria robadas a esos tontos espectros, habitantes intrusos de mi ánimo errante. Y así seguí cuando nadie lo advirtió, convencido del reto personal juramentado en mi agnosticismo grisado de dudas que acalló los estúpidos consejos sanos para tratar a un yo insano de mente y de alma. El decurso partió potenciando mi angustia de la manera más perversa rumbo al ocaso prematuro y pretérito, previsible y promiscuo, pero personal al fin. No estoy en condiciones de redactar un epitafio que describa con palabras exactas el esfuerzo que hice por seguir viviendo, así que por ahora no tengo pensado morirme. No sería un buen final. Últimamente mi carrera hacia el cadalso empieza a tropezar con obstáculos de vida que vislumbran excusas cada vez más convincentes que dudo me permitan morigerar la escalada al balcón de un futuro con futuro.Ay ay ay, toda esta confesión presepulcral se me fue al carajo, cuando del asiento anterior se alzó impertinente frente a mi y en pleno vuelo, a buscar no se qué en la gabeta superior del fuselaje del vuelo, una morocha espectacular, portadora de un par de piernas memorables enfundadas en cuero nacional color habano y que alzando descuidada sus brazos atrapadores ayudó sin querer a mis ojos fisgones a repasar lentamente la distancia carnal que separa una blusa levantada de un pantalón de tiro corto. Debo buscar un lugar más seguro para amargarme: así no va.
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