Ay! Maldita fiera, cuántos litros de piedra tuve que beber para sostenerme en pie en tu tierra y no volar más allá del deseo de tus falsos conjuros. Qué será de los leales senderos de agua sin sal que soñé en tu mar de sudores esos que ahora me unen y que nos confunden en uno, en dos; aún cuando hace siglos que me ignoras haciéndome vibrar de emoción como ese sol mal parido que me ve nacer cada día y que por eso llora en lluvias calientes: ése quien por la vergüenza del cetro de ira me condena a volver y por eso sigo vivo.
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